Decidí dedicar una publicación aparte al parque del acuario.
La última vez que fui, no tenía energía suficiente para recorrerlo a pie. ¡Al fin y al cabo, en el acuario hay que caminar muchísimo! En este viaje, visitar el parque era un objetivo en sí mismo. ¡El parque es increíble! El acuario está rodeado de acantilados rocosos que forman parte de la exposición y están adornados con esculturas de criaturas marinas gigantes: un cangrejo enorme, un camarón, una estrella de mar, un tiburón, un plesiosaurio, el esqueleto de un plesiosaurio y el esqueleto descomunal de un ictiosaurio. Además de las rocas, hay senderos, puentes, cascadas y fuentes. Se ha prestado una atención asombrosa a los detalles, con numerosos mosaicos hechos de guijarros marinos y papeleras con forma de pulpo o de pez. También hay un mirador desde el que se pueden contemplar el faro, el mar y las colinas boscosas de la isla. Resultaba curioso oír los graznidos estridentes de las gaviotas de vez en cuando durante el paseo, como si estuvieran peleándose. Luego vimos que el sonido provenía de un altavoz situado en la linterna del faro; al parecer, se instaló expresamente para ahuyentar a las gaviotas, que de otro modo habrían ensuciado todo. Además, se puede ver cómo el agua para los acuarios se extrae del mar y cómo el agua depurada se devuelve a este a través de pequeñas fuentes. Por cierto, hay un servicio de transporte gratuito que circula cada 20 o 30 minutos entre el aparcamiento y el acuario; por supuesto, también se puede ir andando, pero es un trayecto bastante largo.
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