En el nombre de Jesús: ¿Aspiración creativa o satisfacción del ego?

in RECREATIVE STEEM9 days ago

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Imagen creada con inteligencia artificial.

Hace poco me detuve a pensar en una frase que repetimos casi por inercia: “En el nombre de Jesús”, ante cualquier eventualidad que no podemos dominar; de hecho, frecuentemente la dice un compañero de trabajo ante la imposibilidad aparente de resolver un problema cuando un cable nos da error y esperamos que, de forma milagrosa, se arregle sin cambiarlo. Al notar cómo la decía: “…que funcione en el nombre de Jesús”, me hizo recordar las veces que se usó en oraciones cuyo fin era satisfacer una necesidad personal aparente.

La usamos como un sello, como una contraseña que esperamos abra una puerta que, de otro modo, permanecería cerrada. Y hasta me atrevo a decir que fue consagrada como aquella palabra usada para crear de la nada una voluntad: Abracadabra, que posiblemente signifique crearé mientras hablo. Es casi como si hubiéramos convertido la oración en una máquina expendedora: seleccionas el deseo, invocas el código sagrado y esperas que el resultado caiga automáticamente al alcance de tus manos.

Pero, si somos honestos, ¿funciona realmente así?

A menudo, la frustración llega cuando el resultado no aparece o ni siquiera hay señales de que va a ocurrir, y ahí es cuando recordamos a Santiago, aquel que fue directo al grano (como el dermatólogo) cuando advirtió: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Esa frase siempre me ha parecido un choque con la realidad. Nos dice que el problema no es la falta de fe ni la debilidad de la petición, sino la intención que la sostiene. Pedir para “gastar en deleites” es intentar usar lo sagrado para alimentar un ego que siempre está hambriento de deseos y un vacío que ninguna posesión o logro externo puede llenar.

Aquí es donde la interpretación de pensadores como Neville Goddard aporta un giro interesante. Él sugería que Jesús no vino a ser un ídolo lejano al que le pedimos favores, sino a enseñarnos un camino de identidad. Para Goddard, y sin lugar a dudas también lo es para mí, decir “en el nombre de Jesús” no es invocar a alguien que está en las nubes observando lo que decimos para complacer lo que pedimos a diario y casi siempre lo mismo, sino reconocer que dentro de cada uno de nosotros reside esa misma chispa creadora. Orar en su nombre, bajo esta óptica, es alinear nuestra voluntad con nuestra naturaleza más elevada. Es preguntar: «¿Lo que estoy buscando aquí me acerca al propósito que he venido a cumplir, o solo es una huida de mis inseguridades?».

Pienso que la verdadera aspiración creativa no busca el éxito por vanidad, para impresionar a gente que ni nos toma en cuenta, o una forma de venganza hacia otra persona queriendo mostrar que Dios sí nos oye, sino que entiende que el ser humano tiene una facultad divina: la capacidad de imaginar una realidad mejor y trabajar para que esa visión se materialice.

Jesús mismo nos mostró un ejemplo que la mayoría pasa por alto cuando dijo a sus discípulos: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.” Juan 4:35

Eso es llamar a las cosas que no son (de forma aparente o visible) como si ya fuesen, y esto solo se puede conocer como fe: la seguridad plena de que algo ocurrió aunque no lo esté viendo en el momento. Simplemente, Jesús enseñó que el tiempo no es un obstáculo cuando la visión es clara y creíble.

Fíjate en esto: cuando escribo un libro, cuando curo contenido o cuando aprendo una nueva técnica como la fotografía, no lo hago para que el mundo me aplauda ni se ponga de pie ante mi llegada; lo hago porque entiendo que mi vida es un lienzo. Santiago tenía razón al advertir sobre los deleites, porque esos placeres son efímeros. En cambio, cuando actúas desde tu propósito, el éxito deja de ser un trofeo externo y se convierte en una consecuencia lógica de quien has decidido ser.

Profundicemos un poco más al respecto porque busco desarrollar el pensamiento crítico, que no es más que la capacidad de pensar por uno mismo y no porque así lo aprendí de otro.

Un embajador es un representante. Alguien que viene en el nombre de un país o, mejor dicho, del presidente de ese país. No viene en su propio nombre, sino en el nombre de aquel que lo envió y le asignó esa investidura. De la misma manera, Jesús lo explicó, y podemos ver las referencias en las siguientes Escrituras:

”Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniese en su propio nombre, a ése recibiríais.”⁣Juan 5:43

”Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí.”Juan 10:25

”El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió.”Juan 12:44

Esto no es más que mostrar que, al venir en el nombre del Padre, él está reconociendo una autoridad que le fue delegada para un propósito mayor. No existe un pasaje que muestre que pidió algo para su propio beneficio o deleite, sino para llevar a cabo su misión de “mostrar” el Reino de Dios a los lugares donde iba.

Ahora, ¿te has puesto a pensar en todas esas oraciones que están cargadas de peticiones para satisfacer necesidades y placeres?

Y puede que en este punto digas: “¡A Él le gusta que le pidamos para nuestras necesidades básicas!”, y muchos olvidan las instrucciones dadas por el carpintero de Nazareth cuando en su momento recomendó:

“Cuando ustedes oren, no sean repetitivos, como los idólatras, que piensan que por hablar mucho serán escuchados. No sean como ellos, porque su Padre ya sabe de lo que ustedes tienen necesidad, antes de que ustedes le pidan. Por lo tanto, no se preocupen ni se pregunten: «¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?» Porque la gente anda tras todo esto, pero su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas estas cosas. Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” Mateo 6:7-8, 31-33

Quizás el error histórico ha sido poner el poder creativo fuera de nosotros. Esperar que alguien venga a salvarnos es la condena más segura de la mediocridad. Pero cuando asumimos que la “oración” es en realidad una declaración de principios —un ejercicio de integridad donde filtras tus deseos para que sean dignos de tu potencial—, todo, absolutamente todo cambia. Dejas de pedir como un mendigo y empiezas a crear como el maestro y arquitecto de tu destino. Pedir en su nombre no es más que la afirmación de que, así como Él vino en el nombre del Padre para llevar a cabo Su propósito y representarlo, nosotros somos representantes de sus principios y en Su nombre haremos aquellas cosas que vayan de acuerdo al plan del Reino.

Orar en su nombre es un ejercicio de confianza y no de súplica porque entiendes que eres el sacerdote que está a cargo de administrar de forma correcta todo lo que el Padre nos ha dado a administrar, incluyendo la capacidad de crear cosas del mundo invisible a nuestros ojos para traerlo a nuestra existencia.

Al final, “en el nombre de Jesús” debería hacernos recordar que nuestras intenciones deben ser limpias. Si tu meta es grande, si tu deseo está marcado por el servicio y la superación, entonces no estás “pidiendo mal”. Estás asumiendo la responsabilidad de crear algo inédito, algo que no depende de que otros te den permiso, sino de que tú te atrevas a reclamar tu papel como el arquitecto y diseñador de tu propia existencia.


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Me encantaría saber más sobre las diferencias que ves entre la oración "En el nombre de Jesús" y la magia de "Abracadabra" en términos de creatividad y satisfacción del ego. 🤔💡

 9 days ago 

Aquí está, con un solo ajuste en el cierre: el punto final ya no es “pedir vs no pedir”, sino “con qué espíritu se pide”. Todo lo demás queda como lo escribiste.

En los cuentos, cuando se usaba la palabra Abracadabra, ocurría algo mágico: se abrían puertas o se curaban enfermedades, tal como lo registra la historia de la medicina o en escritura de esta palabra en amuletos. Pero si te fijas bien en los cuentos, la persona solo necesitaba invocar la palabra sin necesidad de algún tipo de fe. Solo el hecho de decir la palabra ante algo que se quisiera obtener, bastaba.

Trayendo esto a este tiempo, y obviamente desde mi percepción y basado en los estudios teológicos, se ha usado "en el nombre de Jesús" como ese sello que va a determinar que, todo aquello que se pide en la oración, se materializará o vendrá a la existencia. Tanto es así que, si no se termina una oración con esta máxima, es una oración incompleta. Ahora, el punto principal de este artículo, como bien lo dije al principio, es que muchos piensan que, tan solo con decir en el nombre de Jesús, las cosas deben ocurrir.
Y para esto, quiero traer el siguiente ejemplo: Jesús nunca dijo: ¡Sé sano, en el nombre de mi Padre! Así como tampoco invocaba el nombre del Padre para finalizar una oración, como efectivamente ocurre en las oraciones cotidianas de muchas personas.

Todo aquello que se “pida” en oración para satisfacer necesidades personales no es malo en sí mismo, pero sí revela algo: el espíritu con el cual se pide. Y Santiago en su carta dice que los creyentes que piden mal, para gastarlo en sus propios deleites, están haciéndolo mal no porque pidan, sino porque lo hacen desde la ansiedad, el derecho o el control, en lugar de hacerlo en línea con el establecimiento del Reino (en la vida de las personas, incluyendo la del orador) y su propósito. Esa es, según Santiago, la causa principal de no recibir aquello que se pide.
Entonces, en el nombre de Jesús, no es una sentencia, a manera de sello, que dará cumplimiento a aquello que se solicita en una oración, tal como aparentemente ocurría con abracadabra (del hebreo: creo mientras hablo) ante una circunstancia cualquiera que ameritaba resolverse de inmediato.
El ejemplo del embajador podría ser el más emblemático.

Un embajador no dice nada en su nombre, sino en el nombre de quien lo envió (presidente de un país), y no puede decir o hacer nada en su propio nombre para satisfacer sus propias necesidades porque, esas necesidades son suplidas por el ente que lo envía. Hoy nuestras oraciones están saturadas de peticiones, como si Dios fuese una máquina expendedora, la cual contiene todo aquello que sirve para satisfacer los deseos habidos y por haber en el corazón del ser humano. Sin embargo, si consideramos este ejemplo para aplicarlo a nosotros (la Biblia explica que somos embajadores), nos daremos cuenta de que venir, hablar o decretar cosas en el nombre de Jesús tiene que ver con la naturaleza de ser representantes de Aquel que nos envía, no con la satisfacción de gustos personales. El Padre ya sabe que tenemos necesidad de comida, ropa y demás cuestiones necesarias para estar bien en esta tierra; el problema no es pedirlas, sino pedirlas como quien exige a su propio nombre, olvidando a quién representa.

Por lo tanto, somos representantes y no mendigos. Hacer las cosas en su nombre evoca más a la interpretación del Reino en nuestras vidas que a la satisfacción de los deseos que creo merecer. Y cuando confundimos lo segundo con lo primero, no es porque pedir esté mal, sino porque hemos pedido sin recordar de parte de quién hablamos.

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 9 days ago 

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