No se puede vivir sin preocupaciones
Hace algunos años, en un libro de esos que se ubican en la temática de autoayuda, leí que no era recomendable preocuparnos por nada, que no tenía sentido alguno ese desasosiego que sentimos por corto o largo tiempo. Para realizar tal aseveración, el texto se basaba, sobre todo, en los componentes de la palabra preocupación, la cual significa de manera literal ocuparse de cualquier situación antes de que suceda (pre-ocupación); es decir, centramos nuestra atención, quizás de forma exagerada, en algo que todavía no ha ocurrido; y ese adelantarse a los hechos solo para sumergirnos en la intranquilidad, desde esa perspectiva que emerge desde etimología, no tiene razón de ser.
La lectura pasa alegremente por alto, sin embargo, que el término preocupación ya no se refiere de forma exclusiva al sentido que tenía en su origen porque, en su natural evolución desde el latín hasta el español de nuestros días, ha incorporado otras acepciones que, por ser más utilizadas por los hablantes, han dejado casi en desuso el significado primigenio de ese vocablo. Además de eso, me pareció por demás irresponsable que un libro de autoayuda, dirigido a lectores adolescentes, hiciese tanto énfasis en desestimar a las preocupaciones como componentes inevitables e imprescindibles en nuestra existencia.

Preocupado desde pequeño / F
En efecto, las preocupaciones, desde que tomamos conciencia de nuestro accionar en este mundo, son parte de nosotros para hacernos más responsables con nuestras obligaciones, para demostrar que nos importa todo aquello que acaece a nuestro alrededor, para desplegar nuestra condición humana y exponer que somos seres previsibles y sensibles, interesados en solucionar las contingencias que, a cada instante, surgen en los diversos caminos de nuestro itinerario existencial. Una vida en la que se encuentren ausentes totalmente las preocupaciones carece de sentido, ya que no existen motivaciones para alcanzar las metas que propician el desarrollo, y el individuo estaría entonces divorciado de una realidad que nunca deja de transformarse y plantea a cada instante innumerables retos.
Ahora bien, cabe destacar que, así como la falta absoluta de preocupaciones atenta contra la normalidad de la existencia, los excesos pueden igualmente ocasionar severas alteraciones tanto en la salud de las personas como en su entorno. Si la intranquilidad física y espiritual se torna constante ante situaciones tan anodinas que, por supuesto, no ameritan tanto desasosiego, es conveniente que busquemos, por cualquier medio, la manera de erradicar esa conducta. Lo ideal es mantenernos dentro de un equilibrio en el que a cada evento se le confiera la importancia que, en verdad, tiene.


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