Idioglosia
Holis a todis.
Este cuento se me ocurrió viendo una película de la cual saqué las imágenes que acompañan el post y cuyo enlace está disponible debajo.
Idioglosia
Escuché del colapso mental de mi prima y fui a visitarla. Pasé buenos tiempos con ella en mi infancia y juventud y fue mi apoyo moral en muchas ocasiones. Sentía que le debía el favor.
Sus padres no dejaban de decir que estaba ida e irritable. Eso no sonaba con lo que yo recordaba de ella. Pasé por su casa para saludar a mis tíos y, al ver el estado en el que se encontraban, no podía dejar de preguntarme cómo era posible que de mi lado de la familia estuviésemos bien mientras que, de la suya, estuviesen ya al límite de la pobreza.
Pedí la dirección del hospital y conduje sin pausa. Pregunté por ella al llegar y tuve suerte de que era día de visita. La tenían en un cuarto aparte. Cuando entré, apenas me miró. Fingió no percatarse de mi llegada. La saludé con cariño para que sintiera que iba en son de paz y no a someterla como los demás doctores y enfermeros.
Seguí hablando y me respondía con gestos. Sólo gestos. Esto me desesperaba porque yo sabía bien que ella no estaba loca. El encierro al que optó fue producto de algo externo, sólo había que averiguar qué era eso.
De un momento a otro, ella cambió de idioma.
Así como podía sentir las miradas al otro lado del cristal, también podía percibir las caras de desconcierto al oírla decir cosas sin dar con una lengua reconocible. Cuando le expliqué -en su propia lengua- la razón por la que la tenían ahí, se defendió con buenos argumentos, comprensibles para cualquiera excepto para quienes la ingresaron y quienes tienen la obligación de hacerla entrar en las categorías esperadas de conducta.
Me despedí y corrí a ver al doctor en jefe para pedir su retiro. Él al principio se negó, pero tan pronto oyó de mi boca la palabra “demanda” accedió a considerar mis motivos.
Mientras conducía para buscar apoyo legal, no dejaba de rumiar todo lo que ella dijo:
“¿Cómo se construye una vida, si la realidad no lo permite?”
“¿Para qué echar raíces, si tengo que desvivirme para que sobrevivan?”
“¿Para qué tener cosas bonitas conseguidas con tanto esfuerzo, si me las van a quitar a la primera oportunidad?”
“Lo que quieren es robar, vender, comer y repetir el proceso que se complementa con el de comprar, instalar, ser robado, maldecir al ladrón y reponer. Aman su miseria”.
“¿Te parece justo vivir a la defensiva?”
“No se pueden robar cosas intangibles. Si quieren destruirlo todo que vengan y fríanme el cerebro, vuélvame zombie, pero me llevaré mis ideas conmigo a dónde sea”.
“Nadie –que no sea como yo- robará un libro”.
“Mis ideas no se las roban. Incluso aquellos que cometen plagio, buscarán algo más fácil de vender”.
En el cuento de La Mano de Patricia Highsmith, el protagonista murió loco porque el simple acto de pedir la mano a su novia fue llevado a terrenos Kafkianos y convertido en un evento demencial que le valió la duda de su cordura y de sus deseos.
La renuncia silenciosa al esfuerzo excesivo, a ser comprendido, a conseguir metas realistas que, aun siendo realistas, están lejos del alcance, fue un escapismo de bajo presupuesto.


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