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RE: En el nombre de Jesús: ¿Aspiración creativa o satisfacción del ego?

in RECREATIVE STEEM9 days ago

Aquí está, con un solo ajuste en el cierre: el punto final ya no es “pedir vs no pedir”, sino “con qué espíritu se pide”. Todo lo demás queda como lo escribiste.

En los cuentos, cuando se usaba la palabra Abracadabra, ocurría algo mágico: se abrían puertas o se curaban enfermedades, tal como lo registra la historia de la medicina o en escritura de esta palabra en amuletos. Pero si te fijas bien en los cuentos, la persona solo necesitaba invocar la palabra sin necesidad de algún tipo de fe. Solo el hecho de decir la palabra ante algo que se quisiera obtener, bastaba.

Trayendo esto a este tiempo, y obviamente desde mi percepción y basado en los estudios teológicos, se ha usado "en el nombre de Jesús" como ese sello que va a determinar que, todo aquello que se pide en la oración, se materializará o vendrá a la existencia. Tanto es así que, si no se termina una oración con esta máxima, es una oración incompleta. Ahora, el punto principal de este artículo, como bien lo dije al principio, es que muchos piensan que, tan solo con decir en el nombre de Jesús, las cosas deben ocurrir.
Y para esto, quiero traer el siguiente ejemplo: Jesús nunca dijo: ¡Sé sano, en el nombre de mi Padre! Así como tampoco invocaba el nombre del Padre para finalizar una oración, como efectivamente ocurre en las oraciones cotidianas de muchas personas.

Todo aquello que se “pida” en oración para satisfacer necesidades personales no es malo en sí mismo, pero sí revela algo: el espíritu con el cual se pide. Y Santiago en su carta dice que los creyentes que piden mal, para gastarlo en sus propios deleites, están haciéndolo mal no porque pidan, sino porque lo hacen desde la ansiedad, el derecho o el control, en lugar de hacerlo en línea con el establecimiento del Reino (en la vida de las personas, incluyendo la del orador) y su propósito. Esa es, según Santiago, la causa principal de no recibir aquello que se pide.
Entonces, en el nombre de Jesús, no es una sentencia, a manera de sello, que dará cumplimiento a aquello que se solicita en una oración, tal como aparentemente ocurría con abracadabra (del hebreo: creo mientras hablo) ante una circunstancia cualquiera que ameritaba resolverse de inmediato.
El ejemplo del embajador podría ser el más emblemático.

Un embajador no dice nada en su nombre, sino en el nombre de quien lo envió (presidente de un país), y no puede decir o hacer nada en su propio nombre para satisfacer sus propias necesidades porque, esas necesidades son suplidas por el ente que lo envía. Hoy nuestras oraciones están saturadas de peticiones, como si Dios fuese una máquina expendedora, la cual contiene todo aquello que sirve para satisfacer los deseos habidos y por haber en el corazón del ser humano. Sin embargo, si consideramos este ejemplo para aplicarlo a nosotros (la Biblia explica que somos embajadores), nos daremos cuenta de que venir, hablar o decretar cosas en el nombre de Jesús tiene que ver con la naturaleza de ser representantes de Aquel que nos envía, no con la satisfacción de gustos personales. El Padre ya sabe que tenemos necesidad de comida, ropa y demás cuestiones necesarias para estar bien en esta tierra; el problema no es pedirlas, sino pedirlas como quien exige a su propio nombre, olvidando a quién representa.

Por lo tanto, somos representantes y no mendigos. Hacer las cosas en su nombre evoca más a la interpretación del Reino en nuestras vidas que a la satisfacción de los deseos que creo merecer. Y cuando confundimos lo segundo con lo primero, no es porque pedir esté mal, sino porque hemos pedido sin recordar de parte de quién hablamos.

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