Pasión cervecera

Imagen propia / F
Las personas más ancianas de mi pueblo, Mucoelrío, contaban que fue alrededor de los años treinta, del pasado siglo, cuando probaron por primera vez la cerveza; bastante tarde, si consideramos que ya desde la época colonial se comercializaba esta bebida alcohólica en Venezuela, importada desde Europa, y que a mediados del siglo XIX existían industrias locales que la producían. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que los lugares más apartados de la provincia estaban, para aquel entonces, prácticamente incomunicados del resto del país; el mundo de esas personas estaba circunscrito a sus faenas agrícolas, a una vida sencilla que se desenvolvía dentro de sus tradicionales quehaceres.
Esas primeras cervezas resultaron, por supuesto, una grata novedad, algo que degustaron con mucha curiosidad porque resultaba bastante extraño, para unos paladares acostumbrados al fuerte sabor del ron, sentir en la boca el burbujeante líquido que podía fácilmente beberse en largos y continuados tragos. Las consumían calientes, ya que nadie conocía, ni remotamente, la existencia de los refrigeradores y, aunque sabían que en Carúpano, la ciudad más cercana, existían fábricas de hielo, era imposible que lo trasladaran hasta Mucoelrío porque había que ir a pie o en burros, y se desgastaba antes de llegar a su destino.
Pero como las ganas de beber cervezas se agigantaban, no le hicieron mucho caso a eso de que debían ingerirse bien frías y optaron por enterrarlas para que, al menos, se mantuvieran frescas. Las colocábamos en un pequeño hoyo en el suelo, explicaban los hombres que vivieron esa experiencia, les echábamos tierra húmeda encima y las dejábamos allí; cada vez que nos tocaba sacarlas para una nueva ronda, daba la impresión de que buscábamos un tesoro, ya que, muchas veces, había que cavar con las manos, o buscar a tientas las botellas, que solían perderse en el arenal, hasta extraerlas.
Una vez que el gobierno de turno, a mediados de la década de los cuarenta, construyó la carretera nacional que permitió el tráfico de automóviles desde Mucoelrío hasta Carúpano, resultó más fácil, obviamente, acarrear hasta el lugar tanto las cervezas como el hielo. Fue así como un pueblo que ostentaba una larga tradición en la elaboración y consumo del ron se convirtió en un gran consumidor de la agradable espumosa. Jamás, es justo decirlo, el viejo ron fue erradicado del gusto popular, siempre existirán quienes se decanten por este trago fuerte y contundente, pero la cerveza, desde aquellos lejanos tiempos, supo ganarse un sinfín de adeptos.
En los años de mi juventud, cuando comencé a tomar y a parrandear, ya el terruño se encontraba incorporado a la plena modernidad, al auge económico que propiciaba, sobre todo, la ingente renta petrolera. Dos marcas únicamente intentaban ganarse con agresivos ímpetus el favor de los consumidores: Polar y Zulia. En esa época, de las treinta y dos casas que existían en el pueblo, diecisiete vendían cervezas; debe ser esa la razón por la que siempre he preferido una espumosa helada por sobre cualquier otra bebida.
Invito a los amigos:
@carlos84,
@teukuipul87 y
@norat23
Nota: Todas las imágenes que no están referenciadas con su respectiva fuente pertenecen al autor y fueron tomadas con la cámara del teléfono móvil, modelo: Samsung SM-A135M.




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