Una caminata con los ojos del alma
El otro día fui a caminar por el monte. El sendero estaba lleno de hojas secas que crujían bajo mis pies. Encontré un arroyo pequeño, casi escondido, y me quedé un rato escuchando el agua. A veces los mejores planes son los que no planeamos.
El olor de la tierra mojada después de la tormenta es mi fragancia favorita. Me transporta a la infancia, a los días de lluvia donde todo era más lento. La memoria tiene la curiosa costumbre de guardarse por el olfato.
Anoche no podía dormir y escuché el canto de los grillos. Un coro constante que me recordó que la naturaleza nunca para. Mientras yo daba vueltas en la cama, ellos seguían su ritmo. Hay algo reconfortante en saber que el mundo tiene su propio compás.
He aprendido que no hace falta tener grandes cosas para ser feliz. Una tarde con alguien querido, un libro que te atrapa, una caminata al aire libre. La felicidad está en los detalles, en esos momentos que no planeamos pero que recordamos siempre.
A veces la respuesta no está en hacer más, sino en hacer menos. En quedarse quieto, en respirar, en dejar que las cosas pasen. No todo requiere una reacción inmediata. Aprender a esperar también es sabiduría.
Hoy me levanté antes del amanecer. Me preparé un café y me senté en el patio a ver cómo el cielo pasaba de negro a naranja. En esos minutos de silencio, con la taza caliente entre las manos, sentí una paz difícil de explicar. No necesitaba nada más.
Hay personas que pasan por nuestra vida y nos dejan algo. Una enseñanza, una palabra, un gesto. A veces ni se dan cuenta, pero nos cambian. Vale la pena agradecerles, aunque sea en silencio.
La vida es hermosa cuando aprendemos a verla. Nos leemos pronto.
Contenido original para Steemit.

