El discurso de la máquina frente a la facticidad y la alteridad: La psicología del Yo y el erotismo
Boy with Machine (1954). Richard Lindner.
Existe un hecho ineludible al estar siendo: a saber que somos ante todo sexualidad, más aún, sexualidad erótica[1] aun detrás de un continente de pensamiento [cierto que aun de realidad sea el pensamiento –y del cuerpo sea el real pensar de tal forma que no hay, pues, dicotomía entre cuerpo y mente–[2], es cierto, también, que este pensamiento a su vez obedece a los movimientos del cuerpo que se construye en su sexualidad]. A este lenguaje[3] subyace el contingente del cuerpo, de lo erótico que le da su espacialidad y temporalidad a la realidad de lo que nos hace al devenir de lo fáctico [la muerte, por ejemplo] y nuestra alteridad [el hecho de que soy diferente del otro hasta en la muerte]. Explicado, que de lo que nuestro pensamiento nos hace estar siendo lo es en tanto superamos las barreras de las identificaciones como cuerpo asexuado que se vuelve sexual en los objetos que introyectamos y posteriormente proyectamos.[4]
Así, detrás de todo pensamiento está lo sexual como primordio lingüístico que identifica nuestra facticidad y nuestra alteridad en un Mundo –el mundo de las representaciones objetales.
Si corporalidad, por decirlo de alguna forma, es en un principio boca y pecho, ya esta boca y pecho es una relación de los límites corporales –autística inclusive como dice Mahler– objeto-madre aun cuando sea necesario todo un proceso de separación-individuación para identificar al no-objeto del objeto; posteriormente será boca-ano, boca-vagina, pene-ano, pene-vagina [ad infinitum]. Lo que ha de definir la corporalidad de esa máquina deseante –máquina boca-pecho, etc– será justamente la identificación sexual en el proceso de diferenciación autística-simbiótica e individuación subjetiva.
La creación de lo simbólico, lo imaginario y lo real no solo dependen de la corporalidad manifestada por/en lo erótico sino que son determinadas en base a las relaciones corporales eróticas del niño con su medio ambiente. Así, frustración y placer, deseo y represión, están dirigidas por lo sexual del individuo, es decir, en términos dinámicos, por su psicosexualidad.[5] La pintura «Boy with Machine» de Richard Lindner, muestra la visión operante del individuo como proyecto de producción de deseos. Existe una gran diferencia entre la segmentación de la estructura mental freudiana –ello, yo y superyó– y la representación corporal de esa máquina deseante que no divide las pulsiones ni las represiones sino que forma una estructura de acoplamientos en base a la satisfacción erótica. Al final, como dicen Deleuze y Guattari «…qué error haber dicho el ello. En todas partes hay máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones. Una máquina-órgano empalma con una máquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta. El seno es una máquina que produce leche, y la boca, una máquina acoplada a aquélla. La boca del anoréxico vacila entre una máquina de comer, una máquina anal, una máquina de hablar, una máquina de respirar (crisis de asma)».[6] El mismo niño de la pintura de Lindner es una máquina con su pequeña máquina, acoplada a una máquina social más grande. Al final, nuestro lenguaje es una elaboración de satisfacción erótica donde se juega la vida y la muerte bajo las premisas de continuidad y discontinuidad: la muerte de/en el orgasmo es un ejemplo de identificación propioceptiva y sensorial que dimensiona la corporalidad y su trascendencia subjetiva y objetiva. Ciertamente nos movemos como producción dinámica, máquinas generadoras, psicodinámica de la corporalidad erótica [el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte][7] y como tales somos a la vez productos de esa relación de corporalidad generadora –de discursos, de vida, de muerte, de lenguaje, de sexo.
Porque si bien es cierto que animales y hombres compartimos la actividad sexual reproductiva, es sólo el hombre quien le da un sentido de búsqueda más allá del fin reproductivo a esa actividad sexual: a saber, la aprobación de la vida hasta en la muerte. De ahí que todo discurso que sea elaborado –y entiéndase por lo tanto lenguaje– guarda en si la esencia paradójica del estar siendohumano que discurre entre la facticidad y alteridad a la que está sujeto.
Toda elaboración está supeditada a este hecho fáctico de la corporalidad y sus límites y al proceso de alteridad que se produce desde el nacimiento y determina su relación con el Otro que le rodea[8].
Frente a la facticidad –que elabora el discurso de la muerte del Yo– como la presencia de una totalidad inasequible, surge la angustia. (1) Se trata de una totalidad inasequible en tanto que esa máquina deseante, que ya se pertenece en su cadena productiva hasta las últimas consecuencias, también enfrenta la paradoja, como lo mencioné arriba, de la elaboración de múltiples metadiscursos sobre la muerte del Yo. Así, la máquina esquizofrénica, la máquina anoréxica, la máquina histérica, la máquina depresiva, la máquina hipocondríaca, la máquina asmática… [todas ellas] son metadiscursos ante la facticidad que hace del sujeto un hecho que se condena en su finalidad. (2) Se trata de angustia porque existe una libertad ineludible de interpretar la metatexualidad de su discurso a través de la corporalidad y su propia imagen.
Si como lo mencioné arriba, aceptamos que mente y cuerpo son lo mismo, las posibilidades de metadiscurso van desde las enfermedades mentales tan bien descritas por psicopatólogos fenomenólogos como Kraepelin, Schneider, Clérambault o Jaspers hasta las enfermedades psicosomáticas descritas por Franz Alexander[9], considerado fundador de la medicina psicosomática. La angustia frente a la facticidad puede desembocar en la psicopatología de la vida cotidiana o en graves trastornos mentales o de personalidad; desde alergias y enfermedades autoinmunes hasta cáncer o leucemias. Ante la angustia solo la mala fe[10] como desencantamiento ante la libertad de los metadiscursos para combatir la facticidad, pero también la psicopatología es una respuesta ante esta angustia y esa presencia aplastante de una totalidad inasequible, provocadora de la Náusea.
La máquina deseante que pone en marcha una cadena productiva no empieza de cero. Su discurso –y también los metadiscursos– que pueda elaborar, está construido por esa corporalidad diferenciada por la sexualidad erótica. Nada del sujeto escapa de aquello que ha constituido del lenguaje, a decir, la sexualidad. No hablamos de la sexualidad freudiana sino de la elaboración de esos metadiscursos que buscan escapar de la escisión histeriforme del psicoanálisis freudiano que somete al Yo a los caprichos del inconsciente y el ello; y el conflicto a las elaboraciones simbólicas objetales que son vigiladas celosamente por un superyo que simplemente representa la alteridad. El aparato sexual freudiano no es más que metamorfosis antropológica. Una máquina que se transforma en aparato y que, en ese devenir, patologiza y encuentra más desesperación y angustia, crea fantasmas y elabora una serie de significados que buscan esconder el verdadero meollo del asunto: la máquina que se ha vuelto aparato. De ahí que Lacan, sabiamente, defienda que no es el significado sino el significante el que importa: el significante siempre ha de huir del aparato.
¿Cómo la máquina deseante se transforma en aparato? Frente a la alteridad –que determina al sujeto como individuo, que elabora el discurso de la soledad frente a la muerte– se ha constituido el aparato como elemento imaginario de cohesión social que genera, paradójicamente, desesperación y soledad. El histérico es un ejemplo claro de la máquina vuelta aparato. En el histérico lo erótico se confunde en la alteridad de sus relaciones objetales. Así, el histérico tiene esa percepción escindida del pensamiento –entiéndase entonces sí, síntesis y análisis– del lenguaje que se ha construido de una elaboración sexual: aquello que se antepone al deseo se ha volver compulsivo, obsesivo, ansioso, reprimido. Lo mismo sucede con la estructura límite de personalidad y la elaboración de su propia corporalidad en relación con sus objetos introyectados: el narcisista, el límite, el antisocial, en todos ellos se ha elaborado el metadiscurso del aparato y se han creado maquinas megalomaníacos, esquizo-paranoides, impulsivas y agresivas. Máquinas-objetos, en el fondo son también bocas, anos, falos: todo un código semiótico construido desde los primeros días de vida. Representaciones de la corporalidad, de la imagen del cuerpo como principio erótico de la construcción lingüística del estar siendo. La diferencia será la relación que se dé entre la sexualidad erótica determinada por la psicología del Yo con las relaciones objetales y las estructuras que se han construido en torno a ellas. En el fondo, en ambos, es la catexia la que determina la psicopatología a sus distintos niveles y la catexia es energía sexual depositada en el objeto deseado. Cuando el conflicto incline la balanza hacia la facticidad surgirán las posiciones depresivas somáticas mientras que cuando la balanza tienda hacia los conflictos de alteridad serán las posiciones megalomaníacas, esquizo-paranoides o impulso-agresivas las que sean más notables.
La preeminencia actual de la Psicología del Yo[11] frente a las teorías clásicas freudianas ha permitido que se aborden las construcciones sexuales catéxicas con mucho mayor optimismo que en épocas pasadas. La elaboración del conflicto sexual se centra ahora en los mecanismos que defienden los discursos de la facticidad y la alteridad y permiten elaborar reinterpretaciones de las relaciones objetales dejando atrás los fantasmas inconscientes ya significados en un diván muerto. Aun así, el síntoma sigue siendo el argumento de abordaje de las escuelas psicoanalíticas: el síntoma como expresión del lenguaje: el lenguaje como expresión de la corporalidad erotizada. Al final, seguimos siendo máquinas o, peor aún, aparatos: máquinas descompuestas o aparatos al servicio del Otro, del Gran Otro –ese ser que tiránicamente lo demanda todo, demiurgo maligno que todo lo puede y nada le pesa y que mantiene al sujeto en el sopor de la máquina-objeto– que todo lo significa en falos, castraciones e incestos. La sexualidad, como bien apunta Bataille, aún es un territorio hostil e inhóspito: «El espíritu humano está expuesto a los requerimientos más sorprendentes. Constantemente se da miedo a sí mismo. Sus movimientos eróticos le aterrorizan. La santa, llena de pavor, aparta la vista del voluptuoso: ignora la unidad que existe entre las pasiones inconfesables de éste y las suyas.»[12]
[1] Como ejemplo la analogía de Bataille en El Erotismo: «…El espermatozoide y el óvulo se encuentran en el estado elemental de los seres discontinuos, pero se unen y, en consecuencia, se establece entre ellos una continuidad que formará un nuevo ser, a partir de la muerte, a partir de la desaparición de los seres separados. El nuevo ser es él mismo discontinuo, pero porta en sí el pasaje a la continuidad: la fusión, mortal para ambos, de dos seres distintos...»
[2] Invito a leer las teorías monistas, especialmente lo expresado por el filosófo holandés Baruch Spinoza, quien también, al ser determinista, tiene una visión interesante sobre la facticidad y la alteridad en el devenir.
[3] Llamemos a la realidad del pensamiento, es decir, a la expresión simbólica de las representaciones dadas por el «mundo», lenguaje; y dejemos el término pensamiento a los procesos lingüísticos, específicamente en lo que atañe al análisis y la síntesis globales del discurso.
[4] Teoría de separación individuación de Margaret Mahler.
[5] El desarrollo psicosexual visto como la evolución productiva de las energías libidinales. A final de cuentas todo aquello a lo que se refiere psicosexualidad no es sino erotismo expresado esquemáticamente. La realidad, como ha mostrado el psicoanálisis actual, muestra la yuxtaposición de las fases de desarrollo psicosexual. Finalmente, podríamos hablar de la corporalidad del erotismo como ese factor que enfrenta el determinismo de la facticidad y la alteridad.
[6] Gilles Deleuze y Felix Guattari, El Anti Edipo, tr. es. Francisco Monge pág. 11.
[7] Georges Bataille, El Erotismo, pág 8.
[8] Podríamos poner como ejemplo las maravillosas observaciones de Melanie Klein respecto a las posiciones esquizo-paranoides y depresivas en las que se ve envuelto el sujeto en ese proceso de identificación corporal.
[9] Conocido por las siete enfermedades psicosomáticas descritas por él: úlcera duodenal, colitis ulcerosa, eczema, asma, hipertensión arterial, tiroiditis y artritis reumatoide.
[10] Ver la obra de Jean Paul Sartre sobre facticidad y mala fe. El Ser y la Nada es un libro filosófico donde aborda su teoría de la facticidad, sin embargo resulta ilustrativo su pequeño cuento La infancia de un jefe publicado en El Muro.
[11] Se trata de autores como Spitz, Jacobson, Mahler, Erikson y Kernberg quienes han centrado sus análisis en las relaciones del Yo con el medio ambiente y los mecanismos mediante los cuales el paciente enfrente su psicopatología.
[12] Goerges Bataille, El Erotismo. Pág. 5.

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