Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos
Orar cuando no tenés ganas de orar es el verdadero acto de fe. Cuando todo está bien, la oración fluye. Pero cuando el alma está seca, cuando no sentimos nada, quedarnos ahí en silencio delante de Dios es un acto de entrega que vale más que mil palabras.
La debilidad no es fracaso. San Pablo le pidió a Dios tres veces que le quitara la espina en la carne, y Dios le respondió: "Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad". Cuando somos débiles, ahí es cuando Él es fuerte en nosotros.
Hay momentos donde todo parece incierto. No vemos una salida, no entendemos por qué pasan las cosas. En esos momentos, la fe no es tener todas las respuestas, sino confiar a pesar de no tenerlas. Es saber que hay un propósito aunque no lo veamos.
Dios no opera en nuestro calendario. Nosotros queremos respuestas ya, soluciones inmediatas. Pero Él ve el panorama completo que nosotros no vemos. Los tiempos de espera no son pérdida, son preparación para lo que viene.
La paciencia no es pasividad, es actividad confiada. Es seguir sembrando aunque no veas la cosecha, seguir orando aunque no sientas respuesta, seguir caminando aunque no veas el camino. El fruto de la paciencia siempre llega.
Servir sin esperar nada a cambio es quizás la lección más difícil del cristianismo. Nuestro instinto nos dice que demos para recibir. Pero el servicio verdadero es el que se hace en secreto, sin que nadie lo sepa, sin esperar reconocimiento.
La gracia de Dios no se gana, se recibe. No importa cuántas veces nos equivocamos, cuántas veces caemos. Su perdón es nuevo cada mañana. El problema es que muchas veces no nos lo creemos y seguimos cargando culpas que ya fueron perdonadas.
La fe se pone a prueba cuando la vida no tiene sentido. Perder a alguien, enfrentar una enfermedad, ver injusticias. En esos momentos la fe más profunda no es la que entiende todo, sino la que confía a pesar de no entender nada.
Dios perdona, pero a veces nosotros no nos perdonamos a nosotros mismos. Cargamos con culpas que ya fueron perdonadas. Seguimos reviviendo errores que ya fueron cubiertos. Aprender a recibir el perdón es tan difícil como aprender a perdonar.
El amor que transforma no es el que espera recibir, es el que da sin condiciones. Cuando entendemos eso, las relaciones cambian, la forma de ver al otro cambia y todo empieza a tener otro sentido. Amar es dar, no esperar.
Dudar no es falta de fe. Los discípulos dudaron, Pedro negó, Tomás tocó las heridas. Y Jesús no los rechazó. La duda sincera busca respuestas. Lo peligroso no es dudar, es dejar de buscar.
Hay temporada de siembra y temporada de cosecha. No se puede cosechar lo que no se sembró. Y a veces sembramos lágrimas para cosechar alegría. El proceso duele, pero el fruto vale la espera. No todo tiene que tener sentido ahora. Más tarde lo vas a entender.
La oración sincera no necesita palabras bonitas. Es hablar con Dios como hablás con tu mejor amigo. Sin filtros, sin protocolo, sin miedo. Él ya sabe lo que hay en tu corazón, la oración es para que vos lo pongas en voz alta y lo sueltes.
Los silencios de Dios no son abandono. Son tiempos de prueba donde la fe se depura. Como un padre que no responde inmediatamente para que su hijo aprenda a esperar, Dios a veces se calla para fortalecer lo que llevamos adentro.
La ansiedad y la fe pueden coexistir. Decir "no os afanéis por el mañana" no significa que nunca vamos a sentir ansiedad. Significa que no dejamos que la ansiedad gobierne nuestras decisiones. Confiar no es no tener miedo, es tener miedo y seguir adelante de todos modos.
No fuimos hechos para caminar solos. La comunidad de fe no es opcional. Es el espacio donde nos sostenemos, donde oramos unos por otros, donde compartimos las cargas. Una fe aislada es una fe frágil. El hierro se afila con el hierro.
Caminemos juntos. Nos encontramos en el próximo post.
Contenido original para Steemit.

